Perdí. Uno más de los miles de perdedores del sistema. Haciendo la cola para renegociar la deuda. Casi veinte años vendiendo a otros todo lo que se les ocurra en cómodas mensualidades y termino tomando la misma medicina. Al rey de las comisiones no le da ni para cubrir sus propias cuotas. Cuento el tiempo en días de pago, no en meses o años y no termina nunca. No siempre mi vida fue a crédito. Antes tenía esperanzas.
Nos juntamos a las nueve a la salida de la tienda. El lugar no era ideal para hablar del tema, así que caminamos a un local cercano. Una pitcher y un aliado cada uno.
- ¿Cómo ha estado compadre?
- Mal poh, amigo.
- Toñito, yo lo estimo, así que se las voy a cantar derechito. Su mujer lo está cambiando por mejores aires, digamos, del piso tercero.
- Lo sabía Manolo -mentira, pero no iba a confesar algo así a nadie.
- No se haga ilusiones. Su relación estaba podrida desde hace tiempo. Debí decirle antes, pero yo no soy de cahüines. A su mujer le quedó chico su mundo, parece. Usted sabe, no es bueno que salgan de la casa, se ponen a trabajar y se les sueltan las trenzas altiro.
Nos fuimos después de terminar la segunda jarra. Tenía ganas de enterrar la cabeza bajo la tierra, no salir en mucho tiempo. No entendía nada. Tarjeta roja sin haber “fauleado” a nadie. Perra de mierda.
Mis pies y mi boca decidieron pasar el mierdazo en el Jaque Mate, conversando animadamente de mi vida con varios litros de cerveza. Recuerdo la primera, llorando como imbécil. El mozo no dijo nada. Todo hombre que aparece como quiltro con el alma atropellada tiene el derecho de poder echarse a masticar su mierda. La segunda me puso un poco mejor. Empecé a pensar que no tenía porque estar cagado por la muy maricona, si ella era la chueca, la maldita del bolero. La tercera fue peleada, me trencé en una férrea disputa con la silla, quería que cayera al suelo, yo quería mantenerme arriba, o al revés. La cuarta fue, creo, un momento de lucidez, de claridad respecto a lo que tenía que hacer con mi vida. El problema es qué no me acuerdo que era. De ahí perdí la cuenta. Cómo y cuándo me sacaron del local no lo sabré nunca, aunque lo que pasó fue grave. El dolor de culo con que desperté en el Forestal todo meado y cagado era la prueba.
----
Nunca me había gustado el mall. El lugar con menos alma de toda la ciudad. Una linda mole para comprar el cielo en la tierra. Las lavadoras, aspiradoras y televisores guardaban el secreto de la felicidad, la vida eterna real, con garantía de fábrica.
Mi idea era trabajar un tiempo para juntar plata y seguir estudiando. Había quedado sin crédito en la Universidad, por bajar mis notas. Las protestas eran más importantes que el estudio, la lucha social me dejó fuera de carrera. Era la excusa perfecta para librarse de mí. En vez de dar la pelea o buscar ayuda decidí que era mejor emplearme, juntar la plata solo y seguir después con los estudios. Un conocido de mi tío Pepe consiguió que me contrataran. Tuve que cortarme el pelo, usar un poco de gomina y comprar un par de trajes, en cuotas, que le tuve que pagar a mi tío.
La conocí cuando empecé a trabajar en la tienda. Parece que el hecho de ser universitario le llamó la atención. No me había dado cuenta, pero para mis compañeras de trabajo era un botín suculento. Las veía a todas iguales, uniformaditas, con el discurso y la sonrisa lista para engrupir al comprador de turno. Fichaban al desprevenido en la entrada, le decían lo que quería oír y le terminaban vendiendo un producto distinto y más caro que el que buscaba, total, en cuotas no se nota. Ese es el evangelio de un buen vendedor. Todo el día anotando lo que vendían, calculando el porcentaje. Al principio no pescaba a nadie, quería puro juntar plata y arrancar. Me encontraban quebrado, no pertenecía a la tribu. Volvíamos en la misma micro. Siempre reventado, sin hablar, sólo con ganas de llegar a dormir, diez horas de estar de pie con cara de cumpleaños. Bajaba un poco antes. Un día se quedó dormida. No se si fue adrede o no, pero cuando iba a bajar me dí cuenta de que no había bajado en su paradero. Le hablé.
- Oye, hey -la moví- despierta, se te pasó el paradero.
- Ahh, chuta, voy a tener que volver caminando. Gracias por despertarme – dijo asustada.
Se bajó conmigo. Le pregunté si sabía irse de vuelta. Puso cara de pollo, la ayudé. Caminamos por dentro de la villa, así iba a llegar más rápido a su casa. Trabajaba en lencería, lo que no dejaba de ser interesante. Era flaquita, piernas firmes, formadas andando en tacos todo el día. Su ropa era limpia y ordenada. El abrigo brillante de viejo dejaba claro que la plata no le sobraba. Era simple, me hacia reír. Tanto rato con minas densas hizo que me gustara. Nos empezamos a volver juntos, siempre conversando de la vida. De a poco fui enganchando. En la semana tratábamos de salir a almorzar juntos. Comíamos en los patios del mall, detrás de las plantas. Un amigo de la Universidad me consiguió una cabaña en la playa bien barata, en Guaylandia. Costó que calzaran los días, pero un par de semanas después nos arrancamos a la costa. Era fines de marzo, había terminado la campaña escolar y los jefes andaban felices con las ventas. Logramos que nos dieran un miércoles y un jueves.
Ahora me doy cuenta que lo hizo a propósito. El cuento de las minas vírgenes que terminan embarazadas a la primera no falla. Nos casamos. Siempre he asumido mis responsabilidades y ella lo quería así. En la pega las madres solteras volaban luego, les hacían la vida imposible, no iban con los valores de la organización. Nos fuimos de luna de miel a Maitencillo. La Caja de Compensación tenía un hotel frente a la caleta y a los empleados de la tienda les hacían un precio conveniente. Nos cambiamos a un departamento chico, en Macul. Armamos la casa con algunos regalos y sacamos otras cosas en cuotas. Íbamos juntos a trabajar todos los días hasta que salió con prenatal. Cuando llegó mi cabra me sentí feliz, me entregué. No quería más de la vida que a mis dos mujeres, darles todo. Dejé de pensar en volver a estudiar. Me transformé en un vendedor ejemplar. Los jefes me felicitaban, era el rey de las metas de venta. Incluso gané un viaje a Miami. Sólo un pasaje, se lo regalé a mi mujer. Se buscó una amiga y partió por una semana. En esa época no dude de que se portaba bien y se dedicó a tomar sol. Ahora no me queda tan claro.
Las peleas empezaron cuando volvió. Puso un pie de vuelta y empezó a transmitir. Teníamos que ser más, vivir como en Miami, como la gente bien. Parecía que hubiera vuelto del cielo en la tierra. Se salió del trabajo, comenzó a vender cosméticos desde la casa, para tener más tiempo. Exigía y exigía cosas. A duras penas y en miles de cuotas había comprado un auto, una casita con subsidio y con el resto salía a flote mes a mes, pero a ella siempre le faltaba algo. Con los muebles y electrodomésticos era lo mismo. Apenas terminaba de pagar el sofá ya quería tapizarlo según lo que decía la última revista de decoración que caía en sus manos. Si sacaba un juego de ollas exigía cambiar la cocina, no paraba. Hacía malabares todos los meses para no caer en Dicom. Mis amigos empezaron a correrse. En vez de salir a echar la talla me dedicaba a pedirles plata. Lo peor fue que malcrió a mi guagua. Dejó de ser la niña que se ponía feliz cada vez que su papá volvía del trabajo y se transformó en una máquina de pedir cosas. Cada juguete que salía en la tele, cada tontera que una de sus compañeras llevaba al colegio ella tenía que tenerlo. Estaba ciego, obsesionado con complacer a mi mujer y al monstruo de mi hija. Y la cosa no se detenía, no tenía fin.
Empecé a tener problemas en la tienda. El resto de la gente me dejaba de lado. No apoyaba a nadie y el resto no tenía el menor interés en ayudarme a mí. Las cosas se fueron poniendo cada vez más difíciles, hasta que un día me agarré con un cabro nuevo. Según él, no le anotaba sus ventas cuando estaba en la caja. Terminamos a combo limpio en medio de la tienda. Desde ahí me ficharon: “Caso problemático, en la mira. A la primera fuera”. Bajé las revoluciones para cuidar la pega, pero aumentaron los problemas en la casa. Mi señora no me apoyó, exigió más todavía. En un par de meses ya estaba viviendo nuevamente con mis padres. Ese es mi curriculum. Un breve resumen de a donde fui a parar.
------
Era martes. El único día en que no iba a trabajar. Hubiera ido todos los días, pero no podía, con las nuevas leyes laborales no nos dejaron trabajar más de corrido. Estaba abriendo los ojos, soñando, viendo a mi mujer, en el momento en que la pille, la muy patuda, cuando sonó el teléfono.
- Papi, ¿Cuándo vamos a comprarle la casita a Barney?. Ya está haciendo frío. La mamá dice que o le compras una casa ahora o lo va a regalar. Se hace pipí todo el día adentro y ya no aguanta más. El tío Carlos es bien pesado con él.
- No se preocupe mi niña, no le va a faltar la casa a Barney. Vamos a sacar una casita linda para su perrito.
- ¿Por qué el tío Carlos está todo el día en la casa?
- El tío Carlos es un amigo de su mamá. Va a quedarse unos días y después vuelve a su casa. La paso a buscar al colegio, para que vayamos a la plaza.
- No me gusta la plaza, es aburrida. Mejor vamos al mall, hay hartas cosas lindas que ver.
- Mejor que tome aire Claudita. No es bueno que siempre esté metida en el mall.
- Es que quiero ver la última Barbie. A la Yenny le van a comprar una, ¿cuando la tenga yo quiero tenerla también, ya?
A las cuatro fui a buscar a mi hija al colegio. Prefería no toparme con la Marcela desde que me sacó de la casa. Cada vez que aparecía era una pelea por algo que faltaba, que había que comprar o que la niña necesitaba urgente. La huevona se dedicó a torearme para tenerme lejos, y poder tirar tranquila con su “última compra”, pero ni así me dejaba en paz.
Mi hija cada vez estaba más gorda. Supongo que era su forma de reflejar su pena, o la falta de padre. La llevé donde sus abuelos. Al menos ahí estaba seguro de que comía comida decente y tenía gente que se preocupara de ella. Era la imagen de mi fracaso.
- Te llamaron de la pega- Dijo mi madre apenas abrí la puerta.- Espera, deja ir a buscar el mensaje. Aquí está. Dijeron que mañana tienes que ir a hablar con un señor Bordalegi, o algo así, del cuarto piso.
- Gracias.
- ¿Hola mi niña? ¿Cómo te fue en la escuela?
- ¿Hay queque?
- Contéstele bien a su abuela. Si no se queda sin té- Le dije.
- Hola Abuelita- dijo desganada.
- Hola mi amor. Claro que tengo queque. Lo hice hoy especialmente para mi nieta. Vaya a lavarse las manos y siéntese en la mesa para tomar once.
Mi madre no podía ocultar su preocupación desde que volví. Su único orgullo era haber estudiado. Ser profesora de estado era lo que la diferenciaba del resto, lo que la hizo salir del barro, de la pobreza; su dignidad. Nunca se conformó con la idea de que hubiera dejado la Universidad. El volver a casa separado confirmó todas sus dudas respecto a su hijo.
La tarde con mi hija fue exacta a todos los días que pasaba con ella desde que me separé. Una lucha para que no se comiera todo el refrigerador y hacer algo que no fuera ir al mall. A veces lograba llevarla a algún lugar al aire libre, siempre con la promesa de comprarle algo después. Un par de museos, una vez al Parque Forestal y otra a la Plaza de Armas. Sería todo. El resto era una rutina de tomar té donde mis padres, unas horas en el mall comprando algo y de vuelta a su casa. Ese martes fue lo mismo. La casita del perro fue la excusa. Una mugre plástica en veinticuatro cuotas. Dos años de mi vida pagando algo que seguro el poodle pulguiento de mi hija no iba a usar.
Dejé a la Claudita en la entrada del condominio. El auto del patas negras estaba afuera. Le pasé la casita al guardia y le pedí que la llevara diciendo que estaba apurado. Por suerte aún me tenía buena, solidarizaba conmigo. En una de esas no era el único ex marido con el otro de local. Contaba que el huevón era prepotente, se quejaba como si fuera suya la casa. El resto no lo soportaba. Esta vez no hubo intercambio de información, no tenía ganas de oír cahüines sobre mi mujer y su actual macho. Sólo quería dormir, estaba preocupado por la llamada de la pega. Las cosas no andaban tan bien, pero necesitaba el trabajo. Vender era lo único que sabía hacer.
-------
Bordaberry era suche del Gerente de Personal. Un par de veces lo vi en el casino. La gente no lo quería mucho, decían que era sapo. Pregunté por él. Después de veinticinco minutos me llevaron a una sala de reuniones. Nunca había estado ahí. Chica, una pura mesa y seis sillas. Nada en las paredes. Sólo una ventana a un patio de luz.
Llegó solo. Apenas entró supe de que se trataba. Se dió un par de vueltas, las excusas del caso, que me estimaba, que le habían dicho que tenía que hacerlo, a él le dolía en el alma tener que ser el que me daba la noticia: racionalización, nada personal, le puede tocar a cualquiera y esas cosas. La empresa iba a responder con todo, de eso me podía quedar tranquilo. Preguntó si tenía alguna duda. Me quedé en silencio un rato. Miles de cosas a la vez pasaron por mi mente, hasta que una imagen empezó a formarse en mi cabeza. El jefecito. El que se tira a mi mujer. El muy hijo de puta. Era el culpable. Me paré. Iba saliendo de la oficina cuando me dí vuelta. Lo miré, pensé decirle lo que pensaba de él -Macabeo de mierda, siempre vaí a ser un chupa cornetas– pero no me atreví. Salí con un portazo. Bajé a buscar mis cosas. Todos me miraban con cara de fiambre. Alguno hacía el amague de venir a decirme algo, pero supongo que mi cara de furia los hacia cambiar de idea. Empecé a guardar las pocas cosas que tenía. Un par de útiles de aseo, un chaleco sin mangas y mi calculadora. Iba saliendo de la tienda, bajando por la escalera eléctrica hacia la salida principal cuando lo ví, subiendo las escalas, muy conversador con otro par de encargados medio pollo del piso superior. Se hizo el huevón, un comentario a los otros dos que sonrieron y miró para otro lado. Empecé a bajar las escalas corriendo, empujé a un par de compradores mañaneros y tomé la escala de vuelta, hacia el piso superior. Llegué en dos segundos. Lo busqué. Estaba en decoración, chachareando con los otros dos. Avancé rápido. En un par de zancadas estaba detrás de él. No alcanzó a darse vuelta cuando tiré el primer combo. Si no me agarran los guardias lo habría matado. Lo dejé tirado en el suelo, debajo de un alto de productos y colgadores que le cayeron encima. Me llevaron a la oficina de seguridad, donde dejan a los “mecheros” que logran atajar. Llegó uno de los gerentes.
- ¿Éste es?
- Sí.
- ¿Cómo es posible que haya armado el escándalo que hizo?. ¿Sabe lo que nos puede costar?. El pobre Arriagada esta en la clínica. Después de todos estos años, de todo lo que la empresa ha hecho por usted. Se salvó de que no hubiera sido un cliente. Quiero que salga y no vuelva a pisar esta tienda, ni ninguno de nuestros locales. ¡Me voy a encargar de que no encuentre trabajo en ninguna parte señor!. Y olvídese de su indemnización.
Cerró de un portazo. Los guardias me sacaron cariñosamente por atrás, como delincuente. Me senté en el jardín, frente a la entrada del mall. Estaba como en el aire. Por un lado feliz de haber puesto en su lugar al mierda, pero, por otro, asumiendo que me habían cortado. Estaba en blanco. Empecé a caminar, sin rumbo. Debe haber sido mucho rato, porque cuando me dí cuenta estaba en el Parque Bustamante.
Me senté en uno de los bancos, entre medio de viejos que apenas se arrastraban, nanas paseando cabros chicos y jóvenes en skate. Sentía la mierda dentro, apretando para salir. Me agaché y empezó el río. Años de aguantar, de hacerse el huevón, de no pensar. Todo el día como un autómata para simplemente llegar a fin de mes. Mi vida pasaba frente a mí. Un mes para cumplir cuarenta y lo único que tenía era deudas. La cama en que dormía era de mis padres. La ropa que usaba era de la tienda. La casa y el auto eran de la financiera. En una de esas mi hija también era un préstamo que se había conseguido por ahí mi mujer. Con los seguros de los créditos valía más muerto que vivo. Si me tiraba al Mapocho mi mujer sería automáticamente dueña de su casa, su auto y sus cosas. Antes no quería ver, admitir la verdad, el sistema me compró y no hice nada para oponerme, simplemente me dejé llevar.
No había comido nada en todo el día. En Portugal con Marcoleta me metí en uno de los viejos barsuchos que frecuentábamos en la Universidad con mis compañeros. Recordar esos tiempos fue peor. Pedí un aliado y una cerveza. No podía sacarme de la cabeza las cosas que habían pasado hoy, la magistral culminación de una cadena de malas decisiones. Debo haber estado chupando un buen rato. Nuevamente me borré. Últimamente terminaba cocido varias veces a la semana. Era lo único que quedaba de mi época universitaria.
--------
Desperté en mi cama, con un hachazo gigante. Mi madre prendió la luz temprano, antes de las siete.
- Mijito, ¿se siente bien?. ¿Quiere que llame a su trabajo avisando que está enfermo?
La miré. A pesar de la resaca veía clarito su cara de preocupación.
- No mamá, no haga nada. Me cortaron, no tiene que avisar hoy ni nunca más.
No dijo nada. Respiró hondo, se paró y salió de la pieza. Seguí durmiendo. No sé qué horas eran cuando me levanté, pero hacía calor. Mi cuerpo fermentaba cerveza. En la cocina había una nota de mi madre. Había ido con el papá al doctor. En la tarde íbamos a conversar, podía comer unos porotos de almuerzo que estaban en la olla. Calenté el plato. La inercia del trabajo no se me pasaba aún.
Comí sin ganas, sólo para que mi estómago digiriera algo más que alcohol. Di un par de vueltas y salí. Nuevamente a aplanar veredas. Era mi forma de quedar en blanco, de olvidar, de omitir lo que estaba pasando. Al principio fue sin rumbo, después mis pies se empezaron a dirigir a mi casa. El conserje me saludo efusivamente. Seguro que ahora era su Martín Vargas. Toqué la puerta.
- ¿Qué haces aquí?
- Necesito hablar.
- No tenemos nada de que hablar. ¿No te basta con lo que le hiciste a Carlos ayer?. Lo dejaron en la clínica en observación. Casi pierde el ojo.
- Qué bueno, así no anda mirando la fruta ajena.
- ¡Imbécil!. Ándate. No quiero que armes una escena aquí. Éste es un lugar decente.
- Claro, por eso yo pago las cuentas y otro gil se come el huevito. Eres muchas cosas, pero decente no mi amor.
- ¡Andate de aquí! Huevón de mierda. ¡No quiero verte más!
Era raro. Sentía que a pesar de todo aún había algo. Un par de chanchazos pueden ser una buena solución a los problemas de pareja. Tal vez ahora era medio sadomasoquista, le gustaba la sangre, el cuero y los látigos. Le di vueltas un rato a la idea. Mi celular empezó a sonar. El Compadre. Quería verme, estaba preocupado. Dijo que la gente de la tienda también. No creí mucho lo último, pero un par de chelas gratis no me iban a venir mal. Quedamos en juntarnos al día siguiente, en el mismo lugar de la otra vez.
Mi madre ya había acostado al viejo cuando volví. Desde que lo jubilaron por asbestosis era un inválido. Se moría de a poco, cada día menos humano, más planta. Los hombres de la familia éramos todos inútiles. Estaba esperándome en la cocina. Sirvió café para los dos.
- ¿Que pasó?
- Necesidades de la empresa.
- ¿Seguro que nada más?
- Sí. Le puede pasar a cualquiera. ¿Cuánta gente ha pasado por lo mismo?. Ninguna empresa te tiene eternamente. Los trabajadores con veinte o treinta años de servicio no existen, son historia mamá.
- Mmm. Hay algo más que no me estás contando. Te van a pagar todo, supongo.
- Claro, lo legal, lo que corresponde. Tengo que ir el viernes a firmar el finiquito.
- ¿Y qué vas a hacer?
- Aún no lo sé. Supongo que buscar pega en otra parte.
- ¿Por qué no usas esa plata y vuelves a la universidad?.
- No vieja. Tendría que empezar de nuevo. Hace mucho tiempo que mi cabeza calcula puras comisiones, sólo sirve para eso.
- Tengo una platita ahorrada. Te podría ayudar un poco. Tal vez es la oportunidad de tu vida.
- Gracias. Voy a pensarlo.
La oferta me sorprendió. Había renunciado a esa posibilidad hace tiempo. Volver a empezar casi a los cuarenta. Cuando saliera con suerte iba a tener cuarenta y cinco. Recién titulado y automáticamente fuera del mercado laboral. Tenía otro objetivo en mente. No podía sacarme de la cabeza la imagen del jefecito. Todo mi odio, mis frustraciones y mis sentimientos estaban cruzados por esa imagen. Quería matarlo. Librarme de él. Si lo eliminaba todo iba a volver a la normalidad. Era un producto, un simple saldo de bodega, que había que liquidar, un cacho que no se vendía nunca, como dirían mis ex – colegas. Volví a mi pieza. Estaba cansado. No me daba el cuero para salir a seguir chupando. Mi cuerpo pedía descansar y recuperar energías.
-------
Nos juntamos a la hora del cierre. El compadre se arrancó un poco antes. Había pedido a otro que hiciera el arqueo de su caja. Conversamos de muchas cosas. Me ofreció ayuda, poner un negocio, independizarme. Le dí las gracias, lo iba a pensar. Aproveché una ida al baño para cambiar el tema. Le pregunté por él, quería saber cómo estaba, si había vuelto a trabajar. Hoy lo había visto. Aún no se le iba completamente el ojo en tinta. Lo habían ascendido, ahora era Coordinador de Piso, de la plana mayor. La noticia fue como que me metieran un ají en el culo. El damnificado del cuento era yo y al perla lo premian. Cambiamos de tema. Conversamos de otras tonteras un rato más y nos fuimos. Coordinador de piso. Había subido de pelo. Horario fijo, buen sueldo y un porcentaje de todo lo que se vendiera en la tienda. Mi señora debía estar contenta. Seguro que se mudaba al barrio alto. Feliz de vieja cuica, casa en el cerro, plata para comprar de todo, nana y con un poco de suerte casa en la playa en unos años más. Mi hija iba a empezar a encontrarme rasca, a odiarme porque no iba a poder comprarle las cosas que sus compañeras llevaran a su nuevo colegio. Era el minuto. No podía dejar que éste chuchasumadre ganara. O hacía algo ahora o iba a perder definitivamente.
-------
Nuevamente fui a echar la talla con el cuidador del condominio. Era una buena fuente de información y seguramente soñaba con ver el segundo round en vivo y en directo. No costó mucho para que soltara lo que necesitaba. El culiado llegaba tarde los jueves. Parece que iba a clases o algo así. Decidí pasar a hablar con mi mujer.
- ¿De nuevo aquí? Qué quieres, ¿que me queje en el juzgado?
- No sería mala idea. De pasadita le explicas a la jueza como hiciste para sacar a tu marido y meter a tu amante a la casa. Seguro que va a estar muy interesada. No vine a pelear. He pensado mucho y quiero resolver este asunto. Cortarlo de una vez y empezar de nuevo. Tengo una entrevista en Viña. Si me resulta puedo dejarte tranquila. Necesito el auto. Te lo traigo el viernes, sin falta. –La pensó un segundo.
- Bueno. Pero lo hago sólo por la niña. No es bueno que vea que su padre es un bueno para nada.
- Gracias. No te vas a arrepentir, vas a ver. Lo paso a buscar mañana temprano.
- Llévatelo ahora. No lo necesito. Espera, voy a buscar las llaves.
Estaba seguro que no se iba a arrepentir. Si ella había empezado este cuento lo mínimo es que me ayudara a terminarlo. Con el auto mi plan iba a andar más rápido. Quería actuar luego, si esperaba mucho iba a ser peor para todos. En el Homecenter compré todo lo que necesitaba, cordeles, huincha y un par de cosas más. Por suerte mi viejo tenía una pistola guardada en la casa. La había comprado hace tiempo. Cuando supimos el diagnostico la mamá me la pasó para que la tuviera. Gracias a eso tenía resuelta la parte difícil del plan.
En la tarde partí al mall. Llegué como a las seis. Ni siquiera tuve que esperar. Iba saliendo. Esperé lo suficientemente lejos para que no reconociera el auto. Lo seguí. Esforzado el cabro. Salir de la pega y estudiar vespertino es fuerte. El muy mierda estudiaba en una universidad privada en la punta del cerro. Parece que todo se daba para facilitarme las cosas. Cuando salió su auto era el único que quedaba. No empecé con mi plan en ese momento sólo porque no tenía listo el lugar donde despachar al desgraciado. El otro jueves nos íbamos a ver las caras.
------
El resto de la semana no hice mucho. La vida de cesante no es muy activa. Una vuelta por la Inspección del Trabajo, donde quedaron muy interesados en dejarse caer en la tienda ya que ni siquiera me habían entregado mi finiquito, ayudar un poco a mi madre con el viejo y el martes con mi hija. Aparte caminar, siempre afinando mi plan. Íbamos a pasar unos días en San Alfonso, en el Cajón del Maipo. Mis tíos tenían una cabañita, antes de llegar al pueblo. Usé el auto de mi mujer para llevar todo lo necesario a la cabaña, el “viaje a Viña” fue bastante fructífero. En está época del año no había nadie por la zona. Para el verano el hoyo iba a estar bien tapado por vegetación, dicen que los patas negras son buen abono. Un lindo arbolito encima iba a ser su lápida.
El jueves todo salió a pedir de boca. El mierda llegó a la hora y se estacionó al final, lejos de todo. Media hora antes de que saliera me escondí cerca, casi pegado a la puerta del copiloto. Tenía que esperar un poco y todo iba a empezar a solucionarse. Era tan mamón que salió a la hora. Esperé escondido al lado de la puerta. Apenas abrió y se subió me senté a su lado.
- Tenemos un asunto que liquidar tú y yo. Un largo listado de cuentas pendientes, varias comisiones que no me pagastes.
- Yo no te debo nada. –dijo con cara de espanto.
- Creo que sí –dije sacando la pistola- Ahora, prende el auto y vámonos. Muy tranquilito y sin hacer huevadas, mira que si no lo arreglamos aquí mismo.
Estaba blanco. Prendió el auto y partió. Manejaba nervioso, casi a punto de ponerse a llorar.
----
Durante el viaje no abrió la boca, una momia. Había comprado unos metros de cadena de acero, con los que le fabriqué unas cadenas para pies y manos. Apenas llegamos se las puse. Lo dejé lloriqueando al lado del auto, sin las llaves y a la vista por si trataba de arrancarse. La cabaña estaba congelada. Por suerte siempre había leña, prendí un buen fuego.
- ¡Ya, déjate de mariconeos!. Todavía no empezamos y mostrando la hilacha.
- Déjame ir, por favor, te juro que no me acerco a la Marcela de nuevo.
- Mira mierda. Te lo voy a decir una sola vez. Los hombres duermen adentro calentitos, los maricones se quedan afuera, amarrados a un árbol. Tú me dices dónde quieres pasar la noche.
- Adentro –dijo sorbeteándose los mocos.
Lo amarré cerca del fuego. Se quedó bien tranquilito, sentado en el suelo, al lado del sillón. Mirando el rincón. como perrito faldero. Comí algo. A mi fiel amigo le había traído un poco de pelets y agua. Se las dejé al lado. Los miró con asco.
- Esperate no más. Mañana vas a chupetear el plato. No será Purina, pero igual se deja comer. No sé tú, pero para mí todos los pelets son iguales. Ahora, a dormir. Ah, tu último regalito. –Le amarré un cencerro de vaca en el cogote - así no se te ocurre moverte. Si metes mucha bulla te despacho. ¿Estamos?. No sé que te habrá contado la Marcela, pero si me molestan mientras duermo me pongo violento.
Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien. El aire de la montaña me rejuveneció. Cuando desperté el pobre gil dormía en el suelo, acurrucado. La baba le corría y tiritaba de frío. Casi me dio pena. Prendí la chimenea.
- Buenos días, durmió bien Fifi?
- Tengo frío. Necesito ir al baño.
- Afuera querrás decir. Los animales hacen sus necesidades en los arbolitos. Esperate, te voy a llevar. Déjame soltar la cadena para que puedas gatear.
- Al menos me podrías dar un poco de confort.
- ¿De cuando que los quiltros usan papel?. Que yo sepa el culo se lo lamen, nada más. No te pongas exquisito, mira que los guaus mañosos terminan en la cacerola. Además, no has comido, así que nada de favores. Si uno es blando con un animal se suben por el chorro, y hay que sacrificarlos. ¿Quieres eso?
Lo saqué a hacer sus necesidades. Hacía mucho frío. La cadena era lo suficientemente larga como para no tener que estar encima oliendo la mierda, pero por el escándalo parece que la churretera era fuerte. Se limpió con unas ramitas. Lo llevé a la manguera para que se lavara las manos. Entramos. Volvió a su rincón.
Después de bañarme salí a dar una vuelta, a elegir el lugar donde hacer el hoyo. Había comprado una Araucaria, medía casi metro y medio. Según dijo el hombre del jardín estábamos en buena época para transplantarla. Ideal para dejar un buen recuerdo de mis vacaciones en la cabaña de mis parientes.
Las cosas estaban funcionando demasiado bien. Creí que iba a poner algo de resistencia, a tratar de reaccionar, pero era más pollerudo que poodle. Realmente no entendía qué había visto mi mujer en este gil. Tenía que resolver rápido este asunto, cortarlo luego o me iba a terminar encariñando de mi nueva mascota. A unos cien metros de la casa había un sendero que subía hacia el cerro, alejado del camino. Era el lugar perfecto. Mi cachorro estaba alterado cuando volví. Se movía de lado a lado, todo lo que permitía su cadena.
- ¿Qué te pasa, de nuevo tienes que ir a levantar la patita?.
- No me hagas nada, por favor, te doy lo que quieras. –dijo con ojos de desesperación.
- Creía que eras más hombrecito. No me gustan los que flaquean.
- Por favor, déjame ir. Hago lo que quieras. Dejo a la Marcela, te doy plata, cualquier cosa, lo que sea.
- ¿Lo que sea? ¿No será mucho?
- Lo que sea. En serio.
- Es una oferta interesante. Vamos a discutirla mientras trabajas. Vamos, es mejor que empecemos de una vez, así no terminamos tan tarde.
Estaba completamente entregado, era un trapo. No era necesario tirarlo para que se moviera, bastaba con moverse y empezaba a gatear detrás. Le solté la cadena de los pies para que pudiera trabajar más rápido.
- Bueno, empieza. No demoremos más el trámite.
- Te lo ruego –dijo con ojos llorosos- no me hagas nada.
- No hagas que me enoje. Si te portas bien no te va a doler, te lo prometo.
Empezó a cavar. No es que fuera un experto en el tema, de hecho estaba improvisando, pero mi víctima era un zombi que no reaccionaba con nada, lo había hecho todo fácil. Tal vez tenía talento natural para aterrorizar a la gente. Mientras el hoyo tomaba profundidad empezaron mis dudas. Mi cabeza empezó a traicionarme. No me sentía capaz. Algo tan fácil como apretar el gatillo de la pistola me pesaba. Me senté en una roca cerca y miré para otro lado. No quería verlo, era peor. Si al menos me la hubiera puesto más difícil, mi odio hubiera seguido con la misma intensidad. Mi borrego me estaba conquistando. Cuando ya llevaba como un metro le dije que parara. No se veía nada y me estaba cagando de frío. Primero puso cara de corderito degollado, pero cuando le dije que regresábamos a la cabaña le volvió el alma al cuerpo, estoy seguro de que si le hubiera tirado un palito me lo traía en la boca y moviendo el culo con autentica felicidad perruna.
Al volver lo amarré nuevamente y prendí el fuego. No quise comer. Mis dudas me estaban atormentando. Casi no dormí. Cuando desperté me sentía molido, como si me hubieran apaleado. Salí de la pieza y me preparé un café. Mi mascota dormía plácidamente. Había armado una cama con los cojines del sillón y se abrigó con los chales que mi tía usaba para tapar los muebles. Verlo me revolvía la guata. Tanto tiempo lamiendo culos en la tienda buscando ascender lo habían transformado naturalmente en una bestia sumisa. Lo miraba y me veía a mi mismo, en lo que me había convertido. Empezaba a ver con más claridad, una metamorfosis de lo que nunca había querido ser, un simple peón de juego. Terminar con él iba a liberarme de todo eso. Le dejé un café y un pan con mantequilla al lado de su cama y me fui a duchar. No lo iba a privar de su última cena.
Cuando salí de la pieza había terminado su desayuno. Le faltaba la cola para moverla. Al ver que tomaba de nuevo la pala y la picota la esperanza se le esfumó del rostro y su cara volvió a ser la de antes. De vuelta en la escena del crimen calculé que con medio metro más la fosa tendría la suficiente profundidad para meter al gusano y al arbolito.
La cabeza me seguía dando vueltas, las dudas y el remordimiento continuaban. Como a medio día la fosa estaba terminada. Amarré bien a comenunca y volví a la cabaña a buscar la Araucaria. La pistola en el bolsillo pesaba toneladas, era como si toda la tierra que había sacado del hoyo estuviera en mis bolsillos. Volví. Era mejor terminar todo de una vez.
- ¡Ya huevón!. No le demos más vueltas al asunto. Metete adentro. -La cara se le desfiguró. El hombre desesperado reemplazó al perrito faldero en un segundo. Se tiró a mis pies llorando.
- Por favor, por favor. Hago lo que quieras, pero no me mates. Puedo ser tu perro, tu gato, lo que se te ocurra. –Su cara cambió de golpe- También puedo hacer cosas ricas, si tú quieres.- Se tiró a bajarme el cierre con cara calentona.
- ¡Correte mierda! – Dije pateándolo- Lo único que me falta es que quieras chúparmela. Linda la huevá. Te tiraí a mi mujer, ahora querís mamarmela a mí. ¿Me imagino que mi hija es la siguiente, no? -Se tiró al suelo llorando.
- Perdona, perdona, pero no me mates, por favor, ¡te lo ruego!
Lloraba como magdalena. Era patético verlo. Agarré la pistola y le apunté. No era un hombre, sino que montón de piel enjuagada en lágrimas. El olor a mierda se empezó a sentir en el ambiente. De verlo daba asco. No pude, era demasiado. Me senté en la piedra, al lado del hoyo. Era un pobre becerro y me estaba poniendo a su altura. Si lo mataba simplemente iba a terminar de cagarla. La guinda de la torta de una larga serie de errores iba a ser vivir con la culpa de despachar a un pobre gil más cagado que yo.
Lo llevé de vuelta a la cabaña. Le dije que fuera a bañarse. Preparé un arroz pegoteado, la cocina no era mi fuerte. No hablamos mucho. Sólo le dije que se alejara de mi mujer y que no se fuera de casette con su viaje a la cordillera. El pobre cristiano aún no se convencía del todo. Una vez que se fue aproveché de plantar el árbol. Era el signo de lo que vendría por delante.
lunes, 23 de junio de 2008
SENDEROS SIN HUELLA - Carmen María Cruz
.... entonces Teseo tomó el hilo que
Ariadna le ofrecía para que encontrara
el camino de regreso y se internó en el
laberinto para matar al Minotauro.
Mitología Griega
Tendida en la camilla miras el techo, blanco, inmaculadamente limpio, aséptico. Buscas algún punto que rompa esa inmensa blancura de cordillera nevada, alguna pequeña mancha, una raspadura, pero nada de eso está permitido en este lugar. Un joven sonriente jugando a ser médico, te inyecta un líquido lechoso en la vena que te produce un intenso calor al bajar por tus piernas. Sumergen tu cabeza en una máquina de acero que se desliza atrás y adelante, te saca una y otra fotografía, muchas fotos de tu cerebro. Los ojos brillantes de esta estructura metálica te observan, te desmenuzan, cada vena, cada porción de tu mente debe ser examinado, de a pequeños pedacitos, trozo a trozo, que no se escape ni un detalle. Recorren los recovecos de esa masa informe y gelatinosa, llena de nudos, como si fueran cerros por los que deben pasar los pensamientos antes de llegar a la conciencia. ¿Y si tus cerros se agrandaron? Quizás se convirtieron en montañas intrincadas y deberán hacer un túnel que permita el paso de las ideas. Te sientes como una hormiga observada a través de un microscopio. Un insecto atrapado entre los fierros de una ciudadela amurallada. Las técnicas modernas dejaron atrás los cables y los monitores. Las imágenes de rayas zigzagueantes, arriba, abajo, pequeñas curvas, otras un poco más grandes, que ondulan, bailan al compás de tu propia música. Si las rayas son rectas, todas rectas, lisas, derechas, ordenadas marchando una tras la otra, es la muerte. Si ondulan, ¿ondas grandes o pequeñas? ¿Rítmicas o desordenadas?. ¿Cómo serán las ondas de un cerebro enfermo? ¿Se han separado una de otra como si fuera una máquina rota? Cuando se cortan los circuitos eléctricos concatenados entre los muros de una casa, se va la luz. Quizás tus neuronas aisladas, sin conexión, se independizan en una rebelión y todo se oscurece. Tienes miedo, confiésalo, míralo como se apodera poco a poco de ti con su fuerte olor a herrumbe, se vierte por tu sangre, recorre tu cuerpo produciendo chispas a su paso, eriza el pelo de tus brazos, deja tu piel granujienta y helada, es el miedo reconócelo, nadie puede esconderse de él, nadie puede negarlo cuando llega, deberás aprender a vivir en su compañía, a diferenciarlo de tu imaginación que también te juega malas pasadas, que funciona por si sola, ajena a tu cuerpo y a las señales corpóreas que emergen reales, que impregna todo de un aire espeso y contaminado, pero no puedes esconderte de esos ojos penetrantes que indagan en tu vida, revisan tus genes, los buenos y los malos, tus orígenes, y te das cuenta que los ojos de la máquina se mueven en círculos, se dilatan sus pupilas para llegar al fondo de ti, a lo más profundo de las circunvalaciones de tu cerebro, ahí donde se alimenta tu esencia. ¿Qué hago aquí?, te preguntas y la respuesta se evapora entre los circuitos acerados que te observan.
Ariadna le ofrecía para que encontrara
el camino de regreso y se internó en el
laberinto para matar al Minotauro.
Mitología Griega
Tendida en la camilla miras el techo, blanco, inmaculadamente limpio, aséptico. Buscas algún punto que rompa esa inmensa blancura de cordillera nevada, alguna pequeña mancha, una raspadura, pero nada de eso está permitido en este lugar. Un joven sonriente jugando a ser médico, te inyecta un líquido lechoso en la vena que te produce un intenso calor al bajar por tus piernas. Sumergen tu cabeza en una máquina de acero que se desliza atrás y adelante, te saca una y otra fotografía, muchas fotos de tu cerebro. Los ojos brillantes de esta estructura metálica te observan, te desmenuzan, cada vena, cada porción de tu mente debe ser examinado, de a pequeños pedacitos, trozo a trozo, que no se escape ni un detalle. Recorren los recovecos de esa masa informe y gelatinosa, llena de nudos, como si fueran cerros por los que deben pasar los pensamientos antes de llegar a la conciencia. ¿Y si tus cerros se agrandaron? Quizás se convirtieron en montañas intrincadas y deberán hacer un túnel que permita el paso de las ideas. Te sientes como una hormiga observada a través de un microscopio. Un insecto atrapado entre los fierros de una ciudadela amurallada. Las técnicas modernas dejaron atrás los cables y los monitores. Las imágenes de rayas zigzagueantes, arriba, abajo, pequeñas curvas, otras un poco más grandes, que ondulan, bailan al compás de tu propia música. Si las rayas son rectas, todas rectas, lisas, derechas, ordenadas marchando una tras la otra, es la muerte. Si ondulan, ¿ondas grandes o pequeñas? ¿Rítmicas o desordenadas?. ¿Cómo serán las ondas de un cerebro enfermo? ¿Se han separado una de otra como si fuera una máquina rota? Cuando se cortan los circuitos eléctricos concatenados entre los muros de una casa, se va la luz. Quizás tus neuronas aisladas, sin conexión, se independizan en una rebelión y todo se oscurece. Tienes miedo, confiésalo, míralo como se apodera poco a poco de ti con su fuerte olor a herrumbe, se vierte por tu sangre, recorre tu cuerpo produciendo chispas a su paso, eriza el pelo de tus brazos, deja tu piel granujienta y helada, es el miedo reconócelo, nadie puede esconderse de él, nadie puede negarlo cuando llega, deberás aprender a vivir en su compañía, a diferenciarlo de tu imaginación que también te juega malas pasadas, que funciona por si sola, ajena a tu cuerpo y a las señales corpóreas que emergen reales, que impregna todo de un aire espeso y contaminado, pero no puedes esconderte de esos ojos penetrantes que indagan en tu vida, revisan tus genes, los buenos y los malos, tus orígenes, y te das cuenta que los ojos de la máquina se mueven en círculos, se dilatan sus pupilas para llegar al fondo de ti, a lo más profundo de las circunvalaciones de tu cerebro, ahí donde se alimenta tu esencia. ¿Qué hago aquí?, te preguntas y la respuesta se evapora entre los circuitos acerados que te observan.
Claustrofobia - Carla Selman
I. Antonia
Estás fea. Naciste fea, piensas. De tu cara sólo quedan los huesos de tus mejillas y tus ojos se confunden con la opacidad de tu rostro y con los enormes semicírculos negros que los rodean. Por tu cuello descienden dos gruesas serpientes de piel que se posan en tu pecho para terminar en tus pequeños hombros, en forma de esferas casi perfectas. Te quitas la camisa y tus pezones parecen dos lunares gigantes depositados casi al azar en la palidez de tu cuerpo. Entre tus piernas se asoma un mechón de tu cabello largo que, de no saber de dónde proviene, confundirías con tu vello púbico.
Prefieres no conocerte en detalle y empañas tu imagen con tu aliento para revelar sólo una silueta que ahora se torna grisácea por los débiles rayos que se cuelan por la ventana de la ducha. Tus dedos bien estirados intentan alcanzarte ahí donde estás, justo frente a ti. Con tu índice dibujas una cara superpuesta a la tuya. Un círculo, los ojos y la boca... la boca. Solías dibujar las bocas con una sonrisa, pero ya no sabes. Y deseas que Sebastián esté bien, pero no. Mejor no. Ojalá Sebastián sea infeliz con Vicente y sorprendes tu sonrisa maliciosa en la boca ausente de tu dibujo en el espejo. Lo borras, apretando con fuerza contra él tu mano empuñada.
— ¿Te quieres morir?
Su voz aparece suave, pero hiriente, bañada en más inteligencia que la tuya. No quieres mirar hacia al lado, por temor a encontrarlo ahí, pequeño, observándote en busca de respuestas que no conoces o que no debes darle.
— Yo no me quiero morir.
Te agarras la cabeza entre tus manos para no escucharlo, pero aunque no dice nada alza la voz y gimes para callarlo, tus muñecas en tus orejas, gritas, tu mentón en tu pecho, te pierdes de vista, gritas, gritas con fuerza, tu frente más cerca de tus rodillas, los ojos cerrados y tus manos buscan tu cabeza, enredando el cabello. Tus dedos se asfixian, esos dedos que hace tiempo no tocan nada, quieres hacerlos explotar, que tus uñas revienten, que se pierdan, quieres que esos mechones oscuros se entierren en tu carne, los que caen sobre los huesos de tu cuerpo desnudo y frágil. En tu cabeza se asoman agujeros de piel áspera y rojiza. Quieres perderlo todo, quieres olvidar que fuiste hermosa, si es que lo fuiste, quieres olvidarlo todo.
Buscas entre los cajones algo que oculte tu ira. Los abres y cierras con fuerza, apretando tus dedos. Te duele, pero eso no te detiene y ansías ese dolor en tu boca, para que calle tus gritos y ese llanto que te amenaza. Encuentras la gillette con la que te depilas las piernas y con ella dibujas una línea de sangre en tu dedo.
Piensas en tus muñecas delgadas, en tus venas. Piensas en todo lo que podría salir mal. Te entierras la gillette en las manos, en los brazos, pero sólo logras dibujar algunos rasguños en tu lengua, en tus párpados, en tus pestañas.
Inhalas y la gillette ya está en tu cabeza, rasgándola con furia. Trazas líneas sobre ella, líneas que entierras y no sientes. O que sientes tanto que es agradable, que atraviesa tu piel con un golpe metálico. Los pelos que quedan van cayendo suavemente y te cubren los ojos. Ahora ese dolor que te ahoga está en tu piel, ahí donde puedes tocarlo, donde puedes sacarlo fácilmente. Eliminas, con el filo, las pelusas que sobreviven en tu cabeza, buscando borrar los recuerdos, los pensamientos, los sentimientos que el dolor adormece. Gritas, lloras por dentro, y por tus mejillas caen lágrimas de sangre, goteando desde los ríos que en tu cabeza calva chocan unos con otros, emanando el olor a tu propia carne. Y te obligan a mirarlos, a sentirlos, a sentir algo.
El dolor de tu piel te va penetrando y tus manos pierden fuerza para sostener la gillete. Cae al suelo y es como si cayera el lavatorio completo y se desarmara en cientos de pedazos sobre los azulejos grises. De nuevo te tapas los oídos con las manos y tus dedos están sangrando. Sin dejar de mirarlos, te deslizas hasta el suelo donde encuentras los restos de tu cabello negro. Tu cuerpo, temblando, se acurruca como un ovillo y, antes de cerrar los ojos, ves que la fragua de los azulejos se va tiñendo con tu sangre.
V. Juan Pablo (fragmento)
Juan Pablo está muerto. Está muerto. Muerto.
Juan Pablo está muerto y ese beso. Juan Pablo está muerto y el roce de sus dedos. Juan Pablo está muerto y yo despidiéndolo en la esquina. Está muerto y la lluvia que comenzaba a caer sobre mi pelo.
Y yo moviendo la cabeza de lado a lado, sin querer creerlo. Está muerto y mi cuerpo tiembla. “Lo quiero ver”. Muerto.
Y él, abrazándome en la cocina. “Cálmate, Antonia”. Y él, corriendo tras de mí en la playa. “Tranquila”, él descendiendo por mi cuello. “Lo tengo que ver”. Su mano despejando mi rostro. “Dónde está”. Su nariz pegada a la mía, sonriendo con los ojos.
“¿A quién llamamos?” Doy unos pasos hacia atrás y me afirmo en la pared. “Mi papá trabaja acá cerca”. Siento náuseas, siento miedo y comienzo a correr con la promesa en mi mano, guardada muy dentro donde me está desgarrando. No voy a dejarlo ir. No voy a perder, con él, todo.
Los muros de la clínica son de un gris claro y todos iguales. Pasan por mi lado, escapándose, persiguiéndome. Se atraviesan en los pasillos donde no veo salida. Mi respiración no me deja avanzar y yo no puedo encontrarlo.
Me duele, Juan Pablo. Algo me duele fuerte dentro y tú no estás aquí para calmarlo. Mis piernas se mueven como si estuvieran dentro del agua. Ven, Antonia, él me toma de la mano para entrar al mar. Mis brazos tiemblan, mi rostro pierde el control.
No lo había mirado. Sabía que estaba atrás, en la esquina, pero no lo había mirado. Sabía que sonreía por mí, con esas hondas margaritas hundiéndose en sus mejillas. Pero yo caminaba hacia delante, saboreando el último beso. Abrazándome en el viejo abrigo, escuchando las micros en la Alameda. La micro todavía debe estar ahí. En ese mismo lugar.
Y ahora el ascensor me lleva hacia arriba, mientras mi cuerpo está a punto de desplomarse. Necesito su abrazo, sus palabras, las únicas que pueden calmarme. Estoy sola, por primera vez sola, con esa aterradora imagen mía que se triplica a mi alrededor.
Las puertas se abren y me enseñan más pasillos agobiantes, ventanales laberínticos y carteles de acceso restringido que van desapareciendo en mis ojos húmedos. Una fuerte puntada en el costado me obliga a detenerme. Respiro, ahogada. Todavía escucho las micros. Están tan cerca.
Él duerme, tapado hasta el cuello, en esa habitación blanca. Las persianas abiertas, los equipos en silencio. El monitor en negro me refriega en la cara que él ya no está. Pero está ahí. Delante mío.
Le acaricio el rostro y todavía está tibio. Tiene algunos rasguños, moretones y rastros de sangre que vienen de la parte de atrás de su cabeza, convenientemente cubierta. No quiero mirar. No quiero destaparlo y encontrarme con un cuerpo que no es el de él, con su piel echa trizas, con los huesos en lugares equivocados.
Recorro sus párpados con mi dedo, su nariz, sus labios, su pelo. Me atrevo a bajar un poco las sábanas para encontrarme con su mano. Sin quitar mi vista de su rostro, introduzco mis dedos entre los de él. La otra la poso sobre su pecho, buscando los latidos de su corazón, tan fuertes cuando yo recorría esos lugares. Ahora no siento nada.
Me recuesto a su lado y percibo su aroma. Beso su cuello, esperando que se vuelva a mirarme, como siempre. Beso su oreja. Se está enfriando. Entonces le digo. Que será para siempre, que no se irá, que es todo, que nada va a cambiar. Y le prometo que él siempre será el primero. Que ahora cierro mis puertas, que ya se ha agotado el espacio. Le prometo que él será el último.
Porque yo me voy con él. En ese mismo instante en que su piel se apaga, sus manos se enfrían y de nada sirve que yo las frote para mantenerlas tibias. Igual que esa mañana cuando caminábamos al colegio. Me dijo que tenía frío, mientras su voz se convertía en vapor. Yo tomé sus manos, casi tan heladas como ahora. Le acaricié los dedos. Pronto se entibiaron y, sin soltarme, comenzó a correr, riéndose fuerte. No había nadie más en las veredas, sólo los árboles deshojados.
Me arrastró con su fuerza, y yo le grité que parara, que me iba a caer y paró. Justo frente a mí y sin soltarme. Dejó de reír y me apretó la mano. Yo lo miré, agitada y exhausta. No nos dijimos nada. Yo sólo estudié su boca curva y sus cejas espesas. Su nariz recta y su piel con algunos puntos negros. Solté su mano y le acaricié la mejilla.
Su labio inferior se funde en esa piel amarillenta. Está delgado y su cuerpo en calma parece nunca haber aprendido a moverse. Éste no es Juan Pablo. Juan Pablo es quien hace un rato me despidió en la esquina. El que hace poco me besó, me retuvo; el que me ama, el que pidió acompañarme.
No. Éste no es Juan Pablo. Juan Pablo a esta hora debe estar de regreso en su casa o todavía me está esperando en Marcoleta. Se quedó mirándome mientras yo caminé hacia el Centro de Extensión, esperando que me diera vuelta. Luego cruzó la calle. Sí, ya estará de regreso.
Tiemblo. El cuerpo de Juan Pablo se ha apagado. Mis manos también están congeladas.
De pronto siento ruidos afuera. “Antonia”, me llama mi papá, irrumpiendo en la habitación. Yo sigo con la cabeza apoyada en su pecho, mis manos enredadas en las suyas, con los ojos bien abiertos, sin pestañear. “Antonia”, se acerca y me toma suavemente por la cintura para levantarme. Me dejo llevar. Juan Pablo aprieta mi mano. También está enojado. Miro su rostro y sé que él me ha prometido también. Seremos, como siempre, sólo los dos.
Mi papá me trata de separar de él, desenredando mis dedos que permanecen aferrados a los suyos. Caminamos hacia la puerta, yo sigo mirándolo dormir. Despierta, despierta. Mi papá me guía con el brazo alrededor de mis hombros. Despierta, Juan Pablo. Abre la puerta y corro hacia él, “¡Despierta, Juan Pablo! ¡Despierta!”, grito aferrándome a sus sábanas. Mi papá intenta retenerme, abrazarme, pero yo no puedo soltarlo mientras veo su silueta desaparecer las lágrimas que caen sobre él y sobre mí, sobre los recuerdos y el tiempo. Agua que cae en cascadas dentro de mi cabeza, que me atormenta, que presiona con fuerza mi sien. Mi papá me aparta de la cama y me obliga a mirarlo a él. Toma mi cara bruscamente y la presiona contra su pecho. Sólo esa presión me mantiene en pie.
X. Antonia – Vicente (fragmento)
Y como estás al frente y como estoy vulnerable, quiero que me consueles. Entonces busco tu mano, me apoyo en tu pecho y aprieto mi cara contra él. Yo no sé qué hacer, nunca, nunca habías hecho eso. Me congelo un instante y te abrazo, por primera vez me atrevo a acariciarte la cara con mis dos manos, para seguir a tu cabeza y correrte suavemente el gorro. Tú sólo cierras los ojos y yo dejo el gorro sobre la cama. Siento tus labios posarse sobre las cicatrices, sobre las pocas pelusas que tengo y me haces jurarte que no lo voy a hacer más. Yo no sé por qué, pero te digo te juro. Te juro, Vicente y digo esas palabras con tu boca entre la mía. Entonces de nuevo siento esa sensación extraña y me ahogo entre tus besos. Y tú te ahogas en los míos, mientras me caen lágrimas, no sé por qué. No te preocupes, te digo, sólo estoy contenta. Escuchar eso me hace feliz y te digo que quiero estar contigo y busco tu cuello porque al fin te tengo, porque al fin soy dueño de la imagen que inventé tantas veces después de que me dijeras que me fuera. Esperaba que me buscaras, esperaba que gimieras mientras te recorro con la lengua, mientras te saco la ropa, ahora sin temor a romperte, aunque todavía frágil. Entonces siento que mi cuerpo se va descongelando de a poco y entiendo por qué siempre estaba tan abrigada. Ahora no quiero, ahora quiero estar desnuda, desnuda y tibia frente a ti, desnuda y tibia entre ti. Porque siento que mis dedos se mueven, siento que mis dedos buscan entre los pliegues de tu piel y que encuentran. Tiemblas, pero me gusta. Tiemblas como si tuvieras miedo y te siguen cayendo lágrimas, pero me miras y sonríes y te las limpio con mis dedos, con mis labios, y volteas la cabeza y me aprietas, silenciosa y gritando. Entras, húmedo, cierro los ojos y te siento, exploras con delicadeza, mientras ahora soy yo la que te pide, y ya estoy en ti, te ves linda, linda, porque tu cara me gusta y a veces no sabes qué hacer con tus dedos y mis piernas se mueven, tiemblan de tanto haber estado quietas y pienso que sí, que de nuevo quiero gritar, gritar, gritar contigo y llorar, pero no he parado de llorar, entonces te miro y sí, eres tú, eres tú pensando que sí soy yo, que te lo debía, que nos lo debíamos y tus suspiros me encienden, tus palabras, quiero sentirte, me hablas, ahora ya no sé qué parte de tu piel es tuya, qué parte de tu piel es mía y el aire húmedo que cae sobre mi cuerpo me obliga a moverme más rápido, a moverme con más fuerza y lo haces y yo también porque a mí me obliga a lo mismo, entonces voy perdiendo la voz, pero no porque se pierda, sino porque se atraganta, se atora y tú ya no puedes ni mirarme, aunque quieras, porque yo ya no estoy al frente ni a tu lado, ni mi cuerpo está pegado al tuyo, sino que estoy en ti, soy tú, no tienes que mirarme porque no me vas a poder ver y ahora me ahogo, ahora no puedo respirar y cuando logro abrir los ojos sigues siendo tú, como tantas veces, esperando que hubiera una próxima, tus mismos ojos, tus labios sufriendo, el aire que no entra, que no sale y los dos desaparecemos de esta pieza, mientras apago tus gritos con mi piel empapada de la tuya.
Estás fea. Naciste fea, piensas. De tu cara sólo quedan los huesos de tus mejillas y tus ojos se confunden con la opacidad de tu rostro y con los enormes semicírculos negros que los rodean. Por tu cuello descienden dos gruesas serpientes de piel que se posan en tu pecho para terminar en tus pequeños hombros, en forma de esferas casi perfectas. Te quitas la camisa y tus pezones parecen dos lunares gigantes depositados casi al azar en la palidez de tu cuerpo. Entre tus piernas se asoma un mechón de tu cabello largo que, de no saber de dónde proviene, confundirías con tu vello púbico.
Prefieres no conocerte en detalle y empañas tu imagen con tu aliento para revelar sólo una silueta que ahora se torna grisácea por los débiles rayos que se cuelan por la ventana de la ducha. Tus dedos bien estirados intentan alcanzarte ahí donde estás, justo frente a ti. Con tu índice dibujas una cara superpuesta a la tuya. Un círculo, los ojos y la boca... la boca. Solías dibujar las bocas con una sonrisa, pero ya no sabes. Y deseas que Sebastián esté bien, pero no. Mejor no. Ojalá Sebastián sea infeliz con Vicente y sorprendes tu sonrisa maliciosa en la boca ausente de tu dibujo en el espejo. Lo borras, apretando con fuerza contra él tu mano empuñada.
— ¿Te quieres morir?
Su voz aparece suave, pero hiriente, bañada en más inteligencia que la tuya. No quieres mirar hacia al lado, por temor a encontrarlo ahí, pequeño, observándote en busca de respuestas que no conoces o que no debes darle.
— Yo no me quiero morir.
Te agarras la cabeza entre tus manos para no escucharlo, pero aunque no dice nada alza la voz y gimes para callarlo, tus muñecas en tus orejas, gritas, tu mentón en tu pecho, te pierdes de vista, gritas, gritas con fuerza, tu frente más cerca de tus rodillas, los ojos cerrados y tus manos buscan tu cabeza, enredando el cabello. Tus dedos se asfixian, esos dedos que hace tiempo no tocan nada, quieres hacerlos explotar, que tus uñas revienten, que se pierdan, quieres que esos mechones oscuros se entierren en tu carne, los que caen sobre los huesos de tu cuerpo desnudo y frágil. En tu cabeza se asoman agujeros de piel áspera y rojiza. Quieres perderlo todo, quieres olvidar que fuiste hermosa, si es que lo fuiste, quieres olvidarlo todo.
Buscas entre los cajones algo que oculte tu ira. Los abres y cierras con fuerza, apretando tus dedos. Te duele, pero eso no te detiene y ansías ese dolor en tu boca, para que calle tus gritos y ese llanto que te amenaza. Encuentras la gillette con la que te depilas las piernas y con ella dibujas una línea de sangre en tu dedo.
Piensas en tus muñecas delgadas, en tus venas. Piensas en todo lo que podría salir mal. Te entierras la gillette en las manos, en los brazos, pero sólo logras dibujar algunos rasguños en tu lengua, en tus párpados, en tus pestañas.
Inhalas y la gillette ya está en tu cabeza, rasgándola con furia. Trazas líneas sobre ella, líneas que entierras y no sientes. O que sientes tanto que es agradable, que atraviesa tu piel con un golpe metálico. Los pelos que quedan van cayendo suavemente y te cubren los ojos. Ahora ese dolor que te ahoga está en tu piel, ahí donde puedes tocarlo, donde puedes sacarlo fácilmente. Eliminas, con el filo, las pelusas que sobreviven en tu cabeza, buscando borrar los recuerdos, los pensamientos, los sentimientos que el dolor adormece. Gritas, lloras por dentro, y por tus mejillas caen lágrimas de sangre, goteando desde los ríos que en tu cabeza calva chocan unos con otros, emanando el olor a tu propia carne. Y te obligan a mirarlos, a sentirlos, a sentir algo.
El dolor de tu piel te va penetrando y tus manos pierden fuerza para sostener la gillete. Cae al suelo y es como si cayera el lavatorio completo y se desarmara en cientos de pedazos sobre los azulejos grises. De nuevo te tapas los oídos con las manos y tus dedos están sangrando. Sin dejar de mirarlos, te deslizas hasta el suelo donde encuentras los restos de tu cabello negro. Tu cuerpo, temblando, se acurruca como un ovillo y, antes de cerrar los ojos, ves que la fragua de los azulejos se va tiñendo con tu sangre.
V. Juan Pablo (fragmento)
Juan Pablo está muerto. Está muerto. Muerto.
Juan Pablo está muerto y ese beso. Juan Pablo está muerto y el roce de sus dedos. Juan Pablo está muerto y yo despidiéndolo en la esquina. Está muerto y la lluvia que comenzaba a caer sobre mi pelo.
Y yo moviendo la cabeza de lado a lado, sin querer creerlo. Está muerto y mi cuerpo tiembla. “Lo quiero ver”. Muerto.
Y él, abrazándome en la cocina. “Cálmate, Antonia”. Y él, corriendo tras de mí en la playa. “Tranquila”, él descendiendo por mi cuello. “Lo tengo que ver”. Su mano despejando mi rostro. “Dónde está”. Su nariz pegada a la mía, sonriendo con los ojos.
“¿A quién llamamos?” Doy unos pasos hacia atrás y me afirmo en la pared. “Mi papá trabaja acá cerca”. Siento náuseas, siento miedo y comienzo a correr con la promesa en mi mano, guardada muy dentro donde me está desgarrando. No voy a dejarlo ir. No voy a perder, con él, todo.
Los muros de la clínica son de un gris claro y todos iguales. Pasan por mi lado, escapándose, persiguiéndome. Se atraviesan en los pasillos donde no veo salida. Mi respiración no me deja avanzar y yo no puedo encontrarlo.
Me duele, Juan Pablo. Algo me duele fuerte dentro y tú no estás aquí para calmarlo. Mis piernas se mueven como si estuvieran dentro del agua. Ven, Antonia, él me toma de la mano para entrar al mar. Mis brazos tiemblan, mi rostro pierde el control.
No lo había mirado. Sabía que estaba atrás, en la esquina, pero no lo había mirado. Sabía que sonreía por mí, con esas hondas margaritas hundiéndose en sus mejillas. Pero yo caminaba hacia delante, saboreando el último beso. Abrazándome en el viejo abrigo, escuchando las micros en la Alameda. La micro todavía debe estar ahí. En ese mismo lugar.
Y ahora el ascensor me lleva hacia arriba, mientras mi cuerpo está a punto de desplomarse. Necesito su abrazo, sus palabras, las únicas que pueden calmarme. Estoy sola, por primera vez sola, con esa aterradora imagen mía que se triplica a mi alrededor.
Las puertas se abren y me enseñan más pasillos agobiantes, ventanales laberínticos y carteles de acceso restringido que van desapareciendo en mis ojos húmedos. Una fuerte puntada en el costado me obliga a detenerme. Respiro, ahogada. Todavía escucho las micros. Están tan cerca.
Él duerme, tapado hasta el cuello, en esa habitación blanca. Las persianas abiertas, los equipos en silencio. El monitor en negro me refriega en la cara que él ya no está. Pero está ahí. Delante mío.
Le acaricio el rostro y todavía está tibio. Tiene algunos rasguños, moretones y rastros de sangre que vienen de la parte de atrás de su cabeza, convenientemente cubierta. No quiero mirar. No quiero destaparlo y encontrarme con un cuerpo que no es el de él, con su piel echa trizas, con los huesos en lugares equivocados.
Recorro sus párpados con mi dedo, su nariz, sus labios, su pelo. Me atrevo a bajar un poco las sábanas para encontrarme con su mano. Sin quitar mi vista de su rostro, introduzco mis dedos entre los de él. La otra la poso sobre su pecho, buscando los latidos de su corazón, tan fuertes cuando yo recorría esos lugares. Ahora no siento nada.
Me recuesto a su lado y percibo su aroma. Beso su cuello, esperando que se vuelva a mirarme, como siempre. Beso su oreja. Se está enfriando. Entonces le digo. Que será para siempre, que no se irá, que es todo, que nada va a cambiar. Y le prometo que él siempre será el primero. Que ahora cierro mis puertas, que ya se ha agotado el espacio. Le prometo que él será el último.
Porque yo me voy con él. En ese mismo instante en que su piel se apaga, sus manos se enfrían y de nada sirve que yo las frote para mantenerlas tibias. Igual que esa mañana cuando caminábamos al colegio. Me dijo que tenía frío, mientras su voz se convertía en vapor. Yo tomé sus manos, casi tan heladas como ahora. Le acaricié los dedos. Pronto se entibiaron y, sin soltarme, comenzó a correr, riéndose fuerte. No había nadie más en las veredas, sólo los árboles deshojados.
Me arrastró con su fuerza, y yo le grité que parara, que me iba a caer y paró. Justo frente a mí y sin soltarme. Dejó de reír y me apretó la mano. Yo lo miré, agitada y exhausta. No nos dijimos nada. Yo sólo estudié su boca curva y sus cejas espesas. Su nariz recta y su piel con algunos puntos negros. Solté su mano y le acaricié la mejilla.
Su labio inferior se funde en esa piel amarillenta. Está delgado y su cuerpo en calma parece nunca haber aprendido a moverse. Éste no es Juan Pablo. Juan Pablo es quien hace un rato me despidió en la esquina. El que hace poco me besó, me retuvo; el que me ama, el que pidió acompañarme.
No. Éste no es Juan Pablo. Juan Pablo a esta hora debe estar de regreso en su casa o todavía me está esperando en Marcoleta. Se quedó mirándome mientras yo caminé hacia el Centro de Extensión, esperando que me diera vuelta. Luego cruzó la calle. Sí, ya estará de regreso.
Tiemblo. El cuerpo de Juan Pablo se ha apagado. Mis manos también están congeladas.
De pronto siento ruidos afuera. “Antonia”, me llama mi papá, irrumpiendo en la habitación. Yo sigo con la cabeza apoyada en su pecho, mis manos enredadas en las suyas, con los ojos bien abiertos, sin pestañear. “Antonia”, se acerca y me toma suavemente por la cintura para levantarme. Me dejo llevar. Juan Pablo aprieta mi mano. También está enojado. Miro su rostro y sé que él me ha prometido también. Seremos, como siempre, sólo los dos.
Mi papá me trata de separar de él, desenredando mis dedos que permanecen aferrados a los suyos. Caminamos hacia la puerta, yo sigo mirándolo dormir. Despierta, despierta. Mi papá me guía con el brazo alrededor de mis hombros. Despierta, Juan Pablo. Abre la puerta y corro hacia él, “¡Despierta, Juan Pablo! ¡Despierta!”, grito aferrándome a sus sábanas. Mi papá intenta retenerme, abrazarme, pero yo no puedo soltarlo mientras veo su silueta desaparecer las lágrimas que caen sobre él y sobre mí, sobre los recuerdos y el tiempo. Agua que cae en cascadas dentro de mi cabeza, que me atormenta, que presiona con fuerza mi sien. Mi papá me aparta de la cama y me obliga a mirarlo a él. Toma mi cara bruscamente y la presiona contra su pecho. Sólo esa presión me mantiene en pie.
X. Antonia – Vicente (fragmento)
Y como estás al frente y como estoy vulnerable, quiero que me consueles. Entonces busco tu mano, me apoyo en tu pecho y aprieto mi cara contra él. Yo no sé qué hacer, nunca, nunca habías hecho eso. Me congelo un instante y te abrazo, por primera vez me atrevo a acariciarte la cara con mis dos manos, para seguir a tu cabeza y correrte suavemente el gorro. Tú sólo cierras los ojos y yo dejo el gorro sobre la cama. Siento tus labios posarse sobre las cicatrices, sobre las pocas pelusas que tengo y me haces jurarte que no lo voy a hacer más. Yo no sé por qué, pero te digo te juro. Te juro, Vicente y digo esas palabras con tu boca entre la mía. Entonces de nuevo siento esa sensación extraña y me ahogo entre tus besos. Y tú te ahogas en los míos, mientras me caen lágrimas, no sé por qué. No te preocupes, te digo, sólo estoy contenta. Escuchar eso me hace feliz y te digo que quiero estar contigo y busco tu cuello porque al fin te tengo, porque al fin soy dueño de la imagen que inventé tantas veces después de que me dijeras que me fuera. Esperaba que me buscaras, esperaba que gimieras mientras te recorro con la lengua, mientras te saco la ropa, ahora sin temor a romperte, aunque todavía frágil. Entonces siento que mi cuerpo se va descongelando de a poco y entiendo por qué siempre estaba tan abrigada. Ahora no quiero, ahora quiero estar desnuda, desnuda y tibia frente a ti, desnuda y tibia entre ti. Porque siento que mis dedos se mueven, siento que mis dedos buscan entre los pliegues de tu piel y que encuentran. Tiemblas, pero me gusta. Tiemblas como si tuvieras miedo y te siguen cayendo lágrimas, pero me miras y sonríes y te las limpio con mis dedos, con mis labios, y volteas la cabeza y me aprietas, silenciosa y gritando. Entras, húmedo, cierro los ojos y te siento, exploras con delicadeza, mientras ahora soy yo la que te pide, y ya estoy en ti, te ves linda, linda, porque tu cara me gusta y a veces no sabes qué hacer con tus dedos y mis piernas se mueven, tiemblan de tanto haber estado quietas y pienso que sí, que de nuevo quiero gritar, gritar, gritar contigo y llorar, pero no he parado de llorar, entonces te miro y sí, eres tú, eres tú pensando que sí soy yo, que te lo debía, que nos lo debíamos y tus suspiros me encienden, tus palabras, quiero sentirte, me hablas, ahora ya no sé qué parte de tu piel es tuya, qué parte de tu piel es mía y el aire húmedo que cae sobre mi cuerpo me obliga a moverme más rápido, a moverme con más fuerza y lo haces y yo también porque a mí me obliga a lo mismo, entonces voy perdiendo la voz, pero no porque se pierda, sino porque se atraganta, se atora y tú ya no puedes ni mirarme, aunque quieras, porque yo ya no estoy al frente ni a tu lado, ni mi cuerpo está pegado al tuyo, sino que estoy en ti, soy tú, no tienes que mirarme porque no me vas a poder ver y ahora me ahogo, ahora no puedo respirar y cuando logro abrir los ojos sigues siendo tú, como tantas veces, esperando que hubiera una próxima, tus mismos ojos, tus labios sufriendo, el aire que no entra, que no sale y los dos desaparecemos de esta pieza, mientras apago tus gritos con mi piel empapada de la tuya.
Así es - Bernardita Bravo
Luego pensé: podría enterrarle alfileres en la yema de los dedos para que el otro dolor se atenúe, enmudezca frente al gran dolor porque aquí los dolores son de él y no míos, yo he adoptado el papel de enfermera, y ese oficio exige un cuerpo saludable. Pero probablemente sus cajones deben estar llenos de cosas que no son alfileres; tendría que salir de aquí y recorrer varias cuadras para conseguirlos, y una enfermera no puede dejar a su enfermo, no debe, no me deje solo mijita, no ve que me voy a morir. Lo pensé después de bañarlo, si uno sumerge en el agua a un muñeco de trapo con intención de lavarlo es peor, el agua penetra hasta el fondo, no vuelve a salir, la humedad se incrusta y ramifica en hongos y más hongos; lo bañé como quien baña a un muñeco de trapo inservible. Gracias, mijita, y sonrió; fue ahí cuando pensé que podría enterrarle alfileres en la yema de los dedos o más adentro, entremedio de la carne y la uña, me carga que me digan mijita, que me den las gracias sonriendo cuando todo hacia atrás es una madeja oscura, de palabras demoledoras, ¿por qué no tienes papá? si tengo, si hoy me viene a ver, acompáñame, esperémoslo aquí; podía pasar una hora o cuatro, era lo mismo, siempre a la espera, con un dolor de estómago cada vez mayor, yo creo que a tu papá se le olvidó, o eres una mentirosa y no tienes papá. Y Rosa se ponía de pie y de tanto estar sentada tenía marcado detrás de las piernas la vereda granulada y a mi me daban ganas de que se quedaran así para siempre, horribles. Pero finalmente las marcas desaparecían y ella se quedaba toda la tarde conmigo. A la hora de la medicina diaria, cuando toma una pastilla de nombre rebuscado que seguramente ya no sirve de mucho, se me ocurre otra idea: podría tirarlas a la basura y darle pastillas de menta o anís, algo que se trague fácil con agua y sirva de lenta descomposición. Aquí es cuando otro momento se filtra y rebota en el piso y la muralla, hasta sumergirse en la bacinica rebalsada de un pipí añejo, de viejo acabado; así es como te quería ver. Esta frase también es insistente pero varía, tiene forma de pregunta, de afirmación y muchas veces de exclamación rotunda. Aparece el día en que llegó de improviso, cargando una caja envuelta en papel de regalo, ¡mira lo que te traje! No vas a creerlo ¡Ábrelo! La pequeña caja se movía, y sonaba. Adentro, en una esquina, un ovillo lanudo, arrinconado, tan pequeño que parecía ratón pero era un gato, es una gatita, hija, ¿te gusta?, era una gata recién nacida y era para mí. Hacía calor esa tarde, y yo no podía respirar bien. Usted que puede mijita, déme el vaso con agua, que tengo mucha sed. Sí, definitivamente debería ir a comprar alfileres, uno para cada dedo, la mano huesuda proyectando aquellos finos trazos de metal, la mano de mi padre presionando mis muslos unas semanas después de regalarme a Mila, que nos miraba fijamente, así como miran los gatos cuando algo les parece o no. Gracias, ¡tenía tanta sed! Y ahora ven, acércate un poco, hazme el favor. De pie junto a él me insiste, ven aquí, para que oigas bien, que quiero decirte algo que nadie puede escuchar. Pero si aquí no hay nadie más que tú y yo. Ven, hija, y el gesto de su mano que tirita es definitivo. Acerco mi oído a esa boca reseca, que intenta humectarse con su propia saliva. De pronto siento asco, y el aliento tibio de su boca muda, qué quieres, nada, creo que lo he olvidado. Siento asco, porque miro su boca y es idéntica a la mía, el labio superior muy grueso, labios que dejan ver los dientes, que sonríen igual. Me duele hija, me duele mucho ¿No es hora del remedio ya? Sangre entremedio de la carne y la uña, yo a los doce años incapaz de decir algo, con mi gata de testigo, el muslo amoratado. Yo aquí a los treinta años junto a su cama, la boca enferma de mi padre pronunciando mi nombre, sus ojos abarcándome como un abrazo, mi mano sorprendida que toma la suya. Mi mano aferrada a su mano, mientras pasan las horas.
Cuando son las seis con treinta y tres minutos, el cuerpo de mi padre se endurece. Sus párpados han quedado semi abiertos, y una mosca se posa en el borde de la bacinica. Yo salgo al patio de atrás, donde la antigua pileta deja que el agua fluya de un nivel a otro. Lentamente me saco los zapatos, los calcetines, y mis pies sienten el cambio de temperatura. Respiran. Los meto dentro el agua, se agrandan por efecto óptico. Los rodean varias abejas ahogadas. El agua no deja de sonar. Mi padre un muñeco de trapo seco, acumulando polvo. El agua no deja de sonar. Y por encima de su sonido mi murmullo en tono de pregunta: Así es como te quería ver.
Cuando son las seis con treinta y tres minutos, el cuerpo de mi padre se endurece. Sus párpados han quedado semi abiertos, y una mosca se posa en el borde de la bacinica. Yo salgo al patio de atrás, donde la antigua pileta deja que el agua fluya de un nivel a otro. Lentamente me saco los zapatos, los calcetines, y mis pies sienten el cambio de temperatura. Respiran. Los meto dentro el agua, se agrandan por efecto óptico. Los rodean varias abejas ahogadas. El agua no deja de sonar. Mi padre un muñeco de trapo seco, acumulando polvo. El agua no deja de sonar. Y por encima de su sonido mi murmullo en tono de pregunta: Así es como te quería ver.
De frente 04 - Amparo Arias
Son las ocho menos diez y en la ciudad algunos habitantes ya salen de sus casas.
Desde el cielo sólo cae uno que otro amable goterón y las calles dibujan líneas acuosas mezcladas con desperdicios humanos que fueron arrastrados por el viento durante la noche.
Un cuarto para las 10, en el costado de la casona azul se estaciona una bicicleta; el ciclista, sacándose los guantes, arranca del asiento un encargo. El sonido de una sirena lo intercepta. Mira de reojo el vehículo blanco y saluda al conserje. Buenos días, voy al último piso. Vengo a dejar este sobre. El diálogo finaliza cuando la zapatilla del visitante pisa el primer escalón.
El joven de la bicicleta sube las escaleras de dos en dos, hasta llegar al cuarto piso y con un toque de vanidad masculina arregla su chaqueta. Recorre el pasillo hasta encontrar la puerta 402. Toca dos veces el timbre. Nadie responde e insiste.
Detrás de la puerta, la mujer que suma tres va apareciendo, con el pelo suelto y recogido, diez minutos más tarde, el ciclista traspasa el tiempo y se impregna en ella. El vaso de agua que está sobre la mesa los refleja, cada uno se abre de piernas formando un triángulo de cuarenta y cinco grados, la cercanía de sus bocas extienden un deseo prolongado, el calor de la piel se derrite sobre la alfombra y ellos, unidos, van respirando la misma sal, la misma mezcla de azúcar púbica. El ciclista, sin pedalear, penetra a la mujer, apretándola contra la corona y sus rodillas. Mariel gime con el rostro estampado en muecas; el olor tibio los rodea cayendo cada uno en pulsaciones rítmicas, la irrigación de las bocas y los labios abiertos succionan hasta los huesos.
Después del último gemido la mujer le pide que le entregue el encargo. El pobre ciclista no entiende qué nueva posición es ésa y continúa con las piernas donde mismo.
⎯¡Entrégame el sobre que trajiste! ¡Suéltame!
El hombre no quiere despegarse, a cambio recibe manotazos, su ropa vuela hasta la puerta; desconcertado, le tira el paquete por la cabeza y sale corriendo con un ⎯¡Perra!⎯.
Después del altercado, la mujer desamarra el paquete con la boca, gira los dientes hacia el sillón, utiliza sus finos dedos para sostener una frágil polaroid, único registro de aquella tarde.
El formato de la imagen desborda, proyectándose en la ventana, las pupilas de Mariel se encienden al ver el rostro de Isabella frente al suyo, las dos sentadas en la primera mesa del café Vinilo, sosteniendo las copas de vino tinto, brindando en esa tibia tarde de febrero junto al sonido del tornamesa. El volumen de sus voces cruzan el cristal de la ventana y siente oír con nitidez su presencia, pero la luz del sol se deshace en el proyector que se apaga y el recuerdo cae al suelo. Ya no hay ninguna imagen colgada en la ventana.
Entonces la mujer se deja abatir ante el dolor, no soporta tener que aceptar la ausencia de Isabella, le hace falta su voz, lo pardo de sus ojos, la sonrisa, su compañía…
La añoranza se intensifica con la memoria y minuciosamente va recordando cada momento que ha estado junto a ella, las clases en la Casa Bellas Artes, en el bar Canario, las cervezas, la ironía y sus conversaciones, pero ya no hay plural en esta habitación y la noche va quedando atrás cuando la primera Mariel decide descender por su rostro, ubicando los dedos en sus labios, entibiándolos con saliva, mientras aleja la imagen de la amante incrustada en el polaroid.
Ya es cerca del mediodía en la ciudad. Ella toma un sorbo de agua, dejando el vaso a la mitad.
Desde el cielo sólo cae uno que otro amable goterón y las calles dibujan líneas acuosas mezcladas con desperdicios humanos que fueron arrastrados por el viento durante la noche.
Un cuarto para las 10, en el costado de la casona azul se estaciona una bicicleta; el ciclista, sacándose los guantes, arranca del asiento un encargo. El sonido de una sirena lo intercepta. Mira de reojo el vehículo blanco y saluda al conserje. Buenos días, voy al último piso. Vengo a dejar este sobre. El diálogo finaliza cuando la zapatilla del visitante pisa el primer escalón.
El joven de la bicicleta sube las escaleras de dos en dos, hasta llegar al cuarto piso y con un toque de vanidad masculina arregla su chaqueta. Recorre el pasillo hasta encontrar la puerta 402. Toca dos veces el timbre. Nadie responde e insiste.
Detrás de la puerta, la mujer que suma tres va apareciendo, con el pelo suelto y recogido, diez minutos más tarde, el ciclista traspasa el tiempo y se impregna en ella. El vaso de agua que está sobre la mesa los refleja, cada uno se abre de piernas formando un triángulo de cuarenta y cinco grados, la cercanía de sus bocas extienden un deseo prolongado, el calor de la piel se derrite sobre la alfombra y ellos, unidos, van respirando la misma sal, la misma mezcla de azúcar púbica. El ciclista, sin pedalear, penetra a la mujer, apretándola contra la corona y sus rodillas. Mariel gime con el rostro estampado en muecas; el olor tibio los rodea cayendo cada uno en pulsaciones rítmicas, la irrigación de las bocas y los labios abiertos succionan hasta los huesos.
Después del último gemido la mujer le pide que le entregue el encargo. El pobre ciclista no entiende qué nueva posición es ésa y continúa con las piernas donde mismo.
⎯¡Entrégame el sobre que trajiste! ¡Suéltame!
El hombre no quiere despegarse, a cambio recibe manotazos, su ropa vuela hasta la puerta; desconcertado, le tira el paquete por la cabeza y sale corriendo con un ⎯¡Perra!⎯.
Después del altercado, la mujer desamarra el paquete con la boca, gira los dientes hacia el sillón, utiliza sus finos dedos para sostener una frágil polaroid, único registro de aquella tarde.
El formato de la imagen desborda, proyectándose en la ventana, las pupilas de Mariel se encienden al ver el rostro de Isabella frente al suyo, las dos sentadas en la primera mesa del café Vinilo, sosteniendo las copas de vino tinto, brindando en esa tibia tarde de febrero junto al sonido del tornamesa. El volumen de sus voces cruzan el cristal de la ventana y siente oír con nitidez su presencia, pero la luz del sol se deshace en el proyector que se apaga y el recuerdo cae al suelo. Ya no hay ninguna imagen colgada en la ventana.
Entonces la mujer se deja abatir ante el dolor, no soporta tener que aceptar la ausencia de Isabella, le hace falta su voz, lo pardo de sus ojos, la sonrisa, su compañía…
La añoranza se intensifica con la memoria y minuciosamente va recordando cada momento que ha estado junto a ella, las clases en la Casa Bellas Artes, en el bar Canario, las cervezas, la ironía y sus conversaciones, pero ya no hay plural en esta habitación y la noche va quedando atrás cuando la primera Mariel decide descender por su rostro, ubicando los dedos en sus labios, entibiándolos con saliva, mientras aleja la imagen de la amante incrustada en el polaroid.
Ya es cerca del mediodía en la ciudad. Ella toma un sorbo de agua, dejando el vaso a la mitad.
martes, 13 de mayo de 2008
EL OJO BIZCO / Taller de narrativa
No podría concebir mi carrera de escritor sin mis talleres literarios. Me formé en ellos desde mi colegio, en la Academia de Letras del Instituto Nacional, donde alguna vez fueron presidentes Ricardo Lagos, Antonio Skármeta y Osvaldo Puccio, entre otros, hasta manos más expertas: Guillermo Blanco, Luis Domínguez, Martín Cerda, Miguel Arteche y, sobre todo, el ejemplar respaldo de la figura señera de José Donoso, que reunió a muchos de esos que nos abanderamos con el título de la Nueva Narrativa Chilena, tan polémica, discutida y hasta un poco olvidada en un medio editorial que se ha retacado ante la desaparición del lector de literatura nuestra de experimentación, de vanguardia o simplemente nueva. La mayor parte de los lectores actuales son bocetos de nuevos escritores y esto convierte la posibilidad de dirigir talleres literarios en una experiencia fascinante. He dirigido talleres de dramaturgia en varios países de Hispanoamérica, pero en Chile, además, de narrativa, encontrándome con talentos interesantes, con vocaciones sinceras, con el placer de leer y de escribir, con amigos de sentimientos profundos, con lealtades a la belleza y el conocimiento que no esperaba cuando abrí el primer taller hace ya diez años. Muchas veces he conversado con otros talleristas de vasta experiencia. Jaime Collyer, Pía Barros, Alejandra Basualto, Gonzalo Contreras, la notable Alejandra Costamagna, son tantos. Hay algunos a quienes el oficio de maestro sencillamente no interesa. Otros, otras, lo llevan en la sangre. En el sueño de todo taller está la publicación, ganar un premio, aparecer en la letra impresa, entrar en la biblioteca, abandonar el anonimato cálidao del tallerismo. Una labor notable es la realizada por el taller de Andrea Jeftanovic. Han publicado un bellísimo volumen sobre el trabajo de tres años bajo el sugerente título de "Cuartos contiguos". Reúne textos teóricos, textos creativos y críticos, el intercambio de opiniones y creaciones de tres años seguidos de trabajo donde Andrea selecciona con cuidado a sus integrantes y organiza, siempre con esa cabeza tan bien amueblada que tiene, las lecturas y el trabajo de desarrollo que un joven escritor necesita. Alguna vez le escuché a Antonio Skármeta (estábamos en pleno auge de esa cosa rara que llamaron la Nueva Narrativa) que en Chile un autor publicaba un libro y ponía un taller literario. Creo que el tiempo ha ido modificando esa situación. Los directores de taller son personas cada vez con más obra y más experiencia. Métodos muy distintos que van alejándose de las críticas canibalísticas hacia la verdadera enseñanza sin suponer una sola forma de escribir, estimulando la diversidad, fortaleciendo los potenciales y dejando que las capacidades expresivas florezcan. Hay una gratificación enorme al contemplar el desarrollo de ex alumnos. Me siento como los preparadores de caballos que van acumulando galardones. También como un padre, la metáfora es obvia. No daré tampoco nombres de ex discípulos que han llegado mucho más lejos que el arriba firmante. La tarea más frecuente es abrir la imaginación y perder el miedo. Dejar de meramente redactar y que crezca la magia. Estoy convencido que viene otra nueva narrativa. Tal vez, como me lo dijo un muy talentoso joven escritor, "el problema es que mis lectores están viendo televisión". Richard Ford, ese portentoso autor yanqui, declaró hace poco que antes de los 18 años no leyó ni una línea. Le interesaba más el deporte que la literatura. De pronto hubo un clic en su cabeza. Ignoro si entró en un taller de escritura creativa. Es muy probable. Es un estilo muy norteamericano de formación. Lo cierto es que creció hasta convertirse en un nombre fundamental del realismo sucio. Los talleres siguen creciendo. Cada año, cada semana, hay sorpresas. La imaginación desatada es un milagro. La belleza, siempre excepcional, corta el aliento. La envidia del maestro ante el talento brillante del discípulo hay que sujetarla. Dejarlos volar. Que este país tiene mucho que contar. Historias pendientes, menores muchas de ellas, diferentes, épicas y triviales, antiguas y nuevas. Ojalá estos talleres sean una señal prometedora del futuro. Semilla de escritores y, también, de lectores luminosos y lúcidos. LNDMarco Antonio De la Parra,
Director de la carrera de Literatura de la Universidad Finis Terrae
jueves, 3 de abril de 2008
NO ES UNA ANTOLOGIA, ES UNA VENTANA A UN PROCESO CREATIVO COLECTIVO
"Cuartos Contiguos" es un libro que deja constancia viva del proceso creativo y colectivo de escritura. Hace tangible la orgánica de nuestro taller literario dirigido por Andrea Jeftanovic en donde se cruzan diferentes voces narrativas y distintas secciones (textos de los autores, ejercicios, reseñas críticas, referencias a invitados etc.) para invitar al lector a participar activamente de la experiencia de la lectura no sólo desde el texto terminado, sino, desde su gestación y sus procesos, desde el intercambio y el diálogo como una escritura colectiva.
Su originalidad reside justamente en trascender la idea de una compilación de autores, para crear un universo escrito y gráfico que plasme la idea de cohabitar puerta a puerta: cada uno sumido en su universo creativo, en un cuarto propio que tiene vecinos- visitantes y que prueba el éxito de esta experiencia colectiva, en la calidad de las escrituras que representa.
AUTORES
Amparo Arias
Denise Astoreca
Bernardita Bravo
Carmen María Cruz
José Fliman
Hugo Forno
Tito García
Patricia Landen
Carolina Larraín
Marcela Morgheinstern
Carla Selman
Fernando Ureta.
Denise Astoreca
Bernardita Bravo
Carmen María Cruz
José Fliman
Hugo Forno
Tito García
Patricia Landen
Carolina Larraín
Marcela Morgheinstern
Carla Selman
Fernando Ureta.
EL CONCEPTO VISUAL
Tomamos la imagen del manuscrito, páginas verdaderas de textos entregados en el taller y luego intervenidos con el objeto de mostrar visualmente la escritura “dinámica” (anotaciones, rayas, tachados, recomendaciones, otras referencias, etc.) que se produce al interior de un taller donde los textos mutan a partir del intercambio entre los integrantes y la directora siendo un material “permeable” y poroso que suele enriquecerse.
Tomamos la imagen del manuscrito, páginas verdaderas de textos entregados en el taller y luego intervenidos con el objeto de mostrar visualmente la escritura “dinámica” (anotaciones, rayas, tachados, recomendaciones, otras referencias, etc.) que se produce al interior de un taller donde los textos mutan a partir del intercambio entre los integrantes y la directora siendo un material “permeable” y poroso que suele enriquecerse.
SECCIONES
El proyecto consta de varias secciones (antecedida cada una por una introducción de la directora de taller) que se agrupan en:
A PUERTAS CERRADAS: carta de intención del autor que en una página expone sus búsquedas, sus motivaciones estéticas para la escritura y/o para este proyecto literario específico.
OBRA: aproximadamente diez páginas donde cada autor presenta un fragmento de su novela, libro de cuentos, textos experimentales, crónicas, microcuentos u otro.
CUARTO CONTIGUO: reseña de un compañero sobre el proyecto y escritura de otro compañero, sobre sus claves de lecturas e interpretaciones. Esto tiene como intención mostrar la cadena entre el autor, su búsqueda, y el lector y colega, en la recepción y seguimiento de la evolución de su escritura.
AREAS COMUNES: ejercicios realizados por los integrantes en los tres años de taller; textos breves que surgen de pies forzados con el fin de experimentar recursos técnicos y temas de distinta índole. Hay una introducción de la directora que explica los temas planteados, los elementos técnicos y las lecturas que acompañaron cada unidad. Enunciados variados tales como la crueldad, el erotismo, la fealdad, corriente de conciencia, lo monstruoso, el testimonio, la enfermedad, el punto de vista parcial, el viaje y otros.
A PUERTAS ABIERTAS O DIALOGO CON ARTISTAS Y CIENTIFICOS: con el fin de alimentar una conversación con otros creadores, establecer un vínculo con su obra y su discurso; una fructífera conversación sobre motivaciones, metodologías, experiencias, búsquedas, etc. se invitó a extraordinarios escritores y artistas de otras disciplinas. Todo esto se resumirá en una breve reflexión en torno a cada invitado:
Isidora Aguirre, dramaturga y narradora
Carmen Berenguer, poeta y ensayista
Arturo Duclos, artista plástico y académico
Diamela Eltit, escritora y crítica
Carmen Berenguer, poeta y ensayista
Arturo Duclos, artista plástico y académico
Diamela Eltit, escritora y crítica
Nona Fernández, actriz, escritora y guionista
Viviana Flores, directora audiovisual
María Luisa Gumucio, tarotista y psicóloga
Carina Maguregui: escritora argentina, ensayista, guionista y bióloga
Carina Maguregui: escritora argentina, ensayista, guionista y bióloga
José María Hurtado, neurofisiólogo
Marcelo Leonart, dramaturgo, escritor y guionista
Carina Maguregui, bióloga y escritora
Selma Passos, arquitecto
Daniel Ramírez, filósofo y músico
Iván Thays, escritor y crítico
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
